O sea que hubo un tiempo en que yo
escribía un blog. No es que fuera muy constante, pero el blog formaba parte de
mi vida diaria: cuando me pasaba algo extraordinario, ni siquiera me hacía
falta apuntarlo, sabía que iba a llegar a casa y escribirlo en el blog. Lo más
importante no era que escribiera; era que me pasaran cosas extraordinarias.
Que, claro, no lo eran, pero yo las veía así. He estado leyendo las entradas de
mi primer blog –primer post: 1 de julio de 2005. Algunos días voy a ver el mar
y lo escribo, otros me doy cuenta de lo raro que es vivir en francés, y eso me
produce alegría, y lo escribo, otro día me acuerdo de aquel hombre al que
quise, y justo él me dice que nunca escribo sobre él, y lo escribo. La
diferencia no es que lo escribo; es que todo me parece más alegre. Juventud
dorada y tiempos dichosos. Del día de hoy, por ejemplo, habrían salido tres
posts de esos de hace siete años. Realmente no es tanto, siete años. Lo que sí
es mucho es perder esa fascinación con el mundo. Me niego, va.
Post 1-
En Fab café, bar chiquito, barato y con
nivel aceptable de ruido en el East Village . Una señora vieja y pequeña habla,
sola, de pie, frente a mi mesa. No le hago caso. En Nueva York estoy
acostumbrada a no hacer caso. Es porque la mayoría de las veces pienso que me
van a pedir algo, o si no voy corriendo y no quiero parar. Es así. Me cuesta no
escribir esta frase en un impersonal colectivo. Pero miro a la señora otra vez.
Me recuerda a abuela. Cuando voy a bajar la cabeza, me digo que abuela podría también
estar ahí, tan arrugadita. Nos miramos y ella me hace una mueca de resignación.
Le pregunto qué le pasa y me dice algo de un dólar y de un café. Le digo que no
entiendo lo que me dice: me parece que puede hablar castellano. Se me acerca y
me pregunta si hablo castellano. Me dice, otra vez, algo de un dólar y de un
café. Le doy lo que le falta para el café, pero no se lo dan, el café. Me estoy
enfadando. Una chica, al salir, me dice que no puede tomar café, que su hijo va
de cafetería diciendo a los camareros que no le den más café, que toma como
diez al día. Viene frente a mi mesa otra vez. Que por qué no prueba el té, le
digo, o el chocolate, le dice la camarera. Pero no, el té es para enfermos, a
ella le gusta el café. Como a abuela. Se llama Ramona.
Post 2-
Me han nombrado, hoy, Salieri del
Arúspice. Por mucho, mucho que quiera a Javier Molea, quien me nombra, no llega
al mismo nivel de felicidad que mi título patafísico. Pocas cosas pueden con
eso. Pero acumular títulos y honores siempre será una de las distinciones de la
docta ciencia. Y además, he aprendido que Marosa, una vez que fue a presentar
un libro, 2 drag queens de 2 metros la llevaron en andas hasta el estrado. Fue
su última presentación. Después murió. O que en la ciudad vieja de Montevideo,
en la discoteca Milenio, los salieris tenían una librería que abría viernes y sábados,
de 12 de la noche a 6 de la mañana. Y que la literatura uruguaya nació con Hilario
Ascasubi, Estanislao del Campo y José Hernández. Los porteños nos la pasan
afanando gente.
Más que los posts, la una de la mañana y
la cerveza al lado son signos de regeneración. Sea.